Ha pasado ya una semana desde mi último post y aunque ya no puedo decir eso de que soy una recién llegada de Nueva York y que el “jet lag” se ha apoderado de mi vida, lo cierto es que sigo todavía digiriendo todas las experiencias vividas y las revivo como si fuera ayer.

Repasando todas las fotos, me he dado cuenta de que voy a tener que dividir mi aventura en Brooklyn en varios capítulos ya que ahora que he podido madurar un poco más este viaje a la Gran Manzana, he descubierto que lo vivido un sólo día en este barrio newyorkino, es como tres o incluso cuatro días en uno de aquí…(y fueron 3 mis visitas a Brooklyn….ahí lo dejo).

El jueves pasado os invité a adentraros conmigo en una tienda fantástica llena de reliquias para que disfrutaséis un poco de aquel maravilloso lugar que tuve la suerte de conocer y recuerdo que me quedé con una anécdota pendiente de contaros:

http://www.womanbloggers.com/VisaKnowing/brooklyn-esta-moda/

woman bloggers Visa Knowing brooklyn1

Después de salir de la tienda comencé a sentir un deseo tremendo de volver al día siguiente pero no con las manos vacías, sino llena de prendas que había llevado conmigo desde Valencia con la firme intención de conseguir intercambiarlas con otras de ese lado del charco.

Y dicho y hecho, conociendo el estilo de Beacon’s Closet, preparé una selección de prendas vintage que vivían conmigo hace años y que no podía usar por mi cambio de talla, y dirigí mis pasos hacia este espacio lleno de toda la paleta Pantone.

Al llegar a la tienda, antes de cruzar , me hizo ilusión ver salir a esta pandilla de amigos con sus bolsas repletas de indumentaria vintage, joyas que alguien había disfrutado hace años quizá con la misma edad que ellos y con la misma ilusión de ir a la moda y resultar únicos y especiales en una sociedad diferente pero no tanto…

Porque he de decir que en esta tienda hay ropa para todos los gustos y me atrevería a decir que para casi todas las tribus urbanas habidas y por haber.

Visa Knowing Beacons Closet

Con mi bolsa cargada, me acerqué al mostrador de la selección de prendas y me sorprendió que había al menos cinco personas con una gran lupa en la mano, responsables de esa labor. En el plazo aproximado de una hora, ya estaban las prendas que habían sido de su agrado preparadas para colgar en perchas para poder ser puestas a la venta y para ser lucidas probablemente por alguna persona joven como aquellas que vi con sus bolsas… y a cambio de mis joyitas, recibí un vale para poder canjear el valor de las mismas en prendas de cualquier rincón de la tienda, así que comencé y no por corto tiempo, mi visita al probador digno de una tienda de la 5ª Avenida.

Finalmente, tras mucha indecisión dada la gran variedad de opciones que había, me decanté por dos prendas impresionantes que pronto os enseñaré y que necesitarán un capítulo especial.

Y es así, de esa manera tan curiosa, como conseguí traerme a España unas verdaderas joyas del diseño gracias a un “trueque internacional”, un método alternativo que aconsejo enormemente porque ambas partes siempre ganan con ello.

Ya con mis tesoros embolsados, continué haciendo camino por el barrio y a cada paso me encontraba con otros comercios llenos de encanto y objetos que buscaban tener una digna segunda oportunidad…de esos que tanto me gustan porque tienen como una especie de alma.

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Algo que me llama mucho la atención es la cantidad de plantas de las más diversas especies que habitan no sólo en la calle, en los balcones o los pequeños salientes de las fincas que simulan ser jardines, sino en las tiendas más variopintas que hay a lo largo de muchas de las calles tanto grandes como pequeñas que recorren el plano brookliniano, especialmente aquellas en las que se venden objetos de otras épocas, piezas vintage seleccionadas, creando así ambientes que evocan cientos de películas de cine.

Y es que caminar por Brooklyn es una experiencia inolvidable, un paso a paso lleno de sorpresas que se llegan a superar a sí mismas cada cierto tiempo por muy increíble que eso parezca..ya sean unas placas de latón reciclado apiladas que parecen ser fruto de un escultor famoso esperando ser llevadas al Moma, unos maceteros creados por unos artesanos de la madera que construyen por módulos muebles y marcos para cuadros que luego son bellamente pintados y expuestos con disimulo en las paredes de un garaje, discos de vinilo que se asoman casi para provocar un tropiezo de algún despistado que va wassapeando y se fije al menos por un momento en esas joyas musicales de otros tiempos…coches clásicos recién restaurados, bicis de paseo en cada farola o poste perfectamente conservadas y muchas cosas más…

Y claro, después de tanto paseo y de tanta quema de adrenalina por los miles de estímulos sensoriales, llegaba el momento de comer algo para contentar al estómago. Y dado que estábamos en medio de Greenpoint, qué mejor que acudir a un restaurante polaco, (que abundan por esta zona) y en especial uno que reza en su cartel “Comida Casera Polaca”, un acierto seguro aun sin haber visto la lista Yelp para elegir la mejor de las opciones.

Sin duda fue un gran acierto y además de ser maravillosamente bien atendidos, disfrutamos de unas viandas sabrosas dignas de un restaurante de varios tenedores o alguna estrella Michelín, a pesar de la sencillez de sus presentaciones. Una de las mejores cosas que encontré desde el primer día en NY es que a cualquier sitio al que uno se adentra a comer, te ofrecen un vaso de agua que van rellenando en cuanto lo ven decrecer, o bien te dejan una botella para que tu mismo te sirvas, como es el caso de este restaurante, y debo decir que es una costumbre que se ha perdido en nuestro país y que espero se recupere algún día porque te hace sentir bien acogido como cuando antiguamente los viajeros hacían paradas en las postas y eran recibidos con un vaso de agua y un barreño para los pies.

Y con esto y un bizcocho… (porque hicimos hueco para un postre casero), hasta el próximo post…