Cuando Mariola, creadora de la plataforma Upcyclick, de la que os hablé hace tiempo, me propuso colaborar en un evento para customizar prendas nuevas Fast Fashion de la empresa C & A, debo reconocer que aunque me sentí muy alagada y agradecida, tuve sentimientos encontrados. Cada vez que escucho la palabra “Reciclar”, “Recicling”, “upcycling”, dentro de mi se activa un resorte que hace que hasta físicamente sea completamente perceptible mi ilusión y sobre excitación por ese tipo de retos, tanto que hasta puedo llegar a hiperventilar durante unos segundos en los que la palabra actúa como el mecanismo de un reloj, que pone todo en marcha y que impide que escuche bien todo lo demás que va detrás, dando rienda suelta a mi imaginación.

Una vez pasados esos segundos de hiperventilación, viene la toma tierra, es decir, la asimilación del resto de la información que acompaña el proyecto y es aquí donde aparecieron los sentimientos encontrados a los que antes aludía. Y es porque si bien la moda para mi debe ser asequible y accesible, el que se haya convertido a nivel mundial en una fabricación masiva de prendas de usar y tirar, me hace sentir mal y me provoca la reacción de rechazo hacia las marcas que ostentan el poder de vestir a millones de personas, explotando algunas de ellas en ocasiones a muchas otras, no respetando sus derechos fundamentales e impactando fuertemente contra el medio ambiente.

Desde la revolución industrial, los trabajadores y las trabajadoras de la confección han luchado contra la explotación exigiendo unas condiciones laborales dignas, sin embargo, a día de hoy y pese a los diversos cambios evolutivos a nivel de derechos que se han producido en esta última década, las trabajadoras de las industria textil de todo el mundo siguen sufriendo a diario condiciones de trabajo intolerables.

Entre mediados del siglo XIX y principios del siglo XX, las trabajadoras tanto de Estados Unidos como de Europa reclamaban una jornada laboral de 10 horas (sí, habéis leído bien, reclamaban 10 horas, ya que su jornada era superior), permisos de maternidad y lactancia (ya que algunas parían y se incorporaban a la fábrica teniendo incluso que llevarse a sus bebés que se criaban encerrados en una fábrica en la que pululaba en el ambiente poco o nada sano que respirar), la prohibición del trabajo infantil (ya que había niños muy pequeños que además de hacer trabajos peligrosos, tenían jornadas muy largas), formación profesional y el derecho a formar parte de un sindicato. 

La mayoría de trabajadores de las industrias textiles del algodón en Inglaterra, que es de donde se han encontrado más datos de esa época ya que es donde se inició la Revolución Industrial y por tanto donde la industrialización fue mayor que en el resto de Europa, eran mujeres y en ellas trabajan al principio miles de niños y niñas (sobre todo niñas), con salarios muy bajos o casi inexistentes (a veces sólo a cambio de un plato de comida que se ahorraban sus padres). También era bastante habitual el trabajo de mujeres y niños en las minas de carbón y hierro, que llegaban a ser más de la cuarta parte.

Jane Humphries, profesor en Oxford, calcula que a mediados del siglo XIX había en Inglaterra más de un millón de niños trabajadores, de los que unos 350.000 debían tener de 7 a 10 años, lo que representaba el 15 % de la fuerza laboral.

Las familias más pobres, estigmatizadas ya desde su nacimiento, eran las más incultas por falta de oportunidades y por eso fueron las que sin muchas dudas se acogieron a la propuesta de trabajo infantil de sus hijos e hijas, pensando en sumar así unas pocas monedas  a la economía familiar a través del empleo del niño/niña, que por muy pocas que fueran, eran menos que nada o que al menos comiesen y se formasen en un oficio para labrarse un futuro mejor que el de sus progenitores.

Los patronos se frotaban las manos y veían el cielo abierto, pensando en la cantidad de  dinero que iban a ahorrarse en salarios, ya que ostentaban el poder que en el caso de ejercerlo sobre adolescentes y niños era aún mayor, ya que eran más dóciles por su lógica indefensión. Estas prácticas laborales además contaban con el apoyo de las organizaciones cristianas (católicas y protestantes) y con los agentes del orden, argumentando que así, los preservaban de malvivir mendigando en las calles, de evitar que delinquieran, que se alcoholizasen o que las niñas se prostituyeran . Pero tras esta supuesta “caridad” recubierta de moral y paternalismo,  existía una realidad que era invisibilizada, ya que nadie se preocupaba de controlar la tabla de salarios, los horarios laborales, las condiciones de trabajo y de la higiene, así como tampoco de la moral dentro de las fábricas, en las que se abusaba con bastante asiduidad del poder antes mencionado, sometiendo a las jóvenes a abusos sexuales y vejaciones sin que nadie tomase cartas en el asunto, ni siquiera sus familias, ya que de hacerlo , como mínimo, perderían el ínfimo salario acordado, fundamental para la subsistencia de la familia.

Los niños hacían toda clase de trabajos y concretamente en las fábricas textiles, ellos eran los que trabajaban mayoritariamente en el algodón y moviendo molinos. Casi todos los trabajos eran bastante monótonos, tediosos y fatigosos, aunque no solían ser los más peligrosos, ya que los niños no estaban capacitados para tareas más complicadas, pero sí que eran usados a menudo para realizar tareas en las que por su reducido tamaño y miembros pequeños, cabían mejor en ciertos huecos y en esas actividades si que se exponían a peligros que los llevaban a perder algún miembro o incluso a la muerte, que por supuesto, no suponía una pérdida importante para los patronos, ya que siempre había otro niño o niña para sustituir al anterior.  La duración de la jornada dependía de las empresas, pero las 12 horas diarias eran muy comunes y en algunos casos se llegaba hasta las 16 (anteriormente mencionaba la reclamación de las trabajadoras entre mediados del S.XIX y principios del XX  de reducir la jornada a 10 horas frente a las 12-16 que hacían y que por supuesto era extensible a ambos sexos y a todas las edades, con la salvedad que los hombres sí habían logrado sindicarse para reclamar sus derechos con anterioridad). Los descansos y las horas para alimentarse durante la jornada eran totalmente arbitrarios y no siempre eran incluidos en estos horarios sino que tenían que hacerlo fuera de las horas de trabajo. La vida laboral comenzaba a una edad temprana, normalmente a los 8 ó 9 años e incluso en algunos casos  a los 6 años de edad.

Precisamente fue en 1830, cuando Clemens y August, fundadores del imperio de C & A aprendieron el negocio siendo tan solo unos niños, aunque no por haber sufrido o experimentado ese aprendizaje en las condiciones mencionadas anteriormente, sino por la relación de sus antepasados con el negocio del mundo textil, quienes en 1671, desde el pequeño pueblo alemán de Mettingen (el lugar donde los hermanos aprendieron el oficio) cercano a la frontera con los Países Bajos, dejando la granja familiar, se lanzaron a vender sus productos como mercaderes itinerantes de lino. 

Durante la Revolución Industrial del S.XIX, según cuentan los sucesores de los fundadores, C&A revoluciona el sector y crea un nuevo mercado con gran potencial ofreciendo ropa asequible, popularizando así la moda convirtiéndose en una empresa novedosa.

En 1841 cuando ambos hermanos estaban ya en la veintena,  fundaron su propio negocio de lino y algodón  ” C&A Brenninkmeijer “ en el pueblo de Sneek, gracias a un préstamo que les hizo su padre. Por ese entonces vivían en la planta superior de su almacén y ofrecían a la comunidad local productos de gran calidad, transportándolos a domicilio, es decir, de granja en granja. Su seriedad y responsabilidad en los negocios, hizo que sumados estos valores a su indudable vocación y predisposición para el emprendimiento, se ganasen poco a poco la confianza de sus vecinos, sintiéndose suficientemente apoyados como para abrir su primera tienda en 1860, siendo este el comienzo de C&A tal y como la conocemos hoy.

La invención de la máquina de coser en 1846 por  Elias Howe (aunque hubo antecedentes previos a la patente de esta máquina de coser práctica) lo cambió todo, ya que esto suponía una manera diferente de hacer ropa y más aún si lo llevamos al nivel industrial. Este invento hizo posible la producción masiva de ropa a una escala superior a lo que antes de ese invento había sido posible y trajo consigo la posibilidad de fabricar piezas de confección en diversas tallas , algo que C&A ideo y ofertó y que por supuesto tuvo una gran exitosa acogida por parte de sus clientes, ya que de este modo, podían obtener prendas mucho más baratas que las hechas a medida y con la misma funcionalidad y estética. Está claro, que estos hermanos emprendedores, supieron encontrar las oportunidades de negocio en su contexto social-económico y que también lo heredaron sus descendientes, que siguieron teniendo ideas igualmente originales y exitosas a lo largo de muchos años de historia de la empresa, como el ejemplo de los abrigos de señora pret-à-porter que lograron confeccionar y vender a un precio equivalente al salario medio semanal de la época, es decir, la tercera parte del precio de un abrigo barato en las tiendas de la competencia.

Me gustaría poder hacer aquí hincapié en este detalle porque además de destacar a día de hoy los logros históricos de los derechos laborales obtenidos por los trabajadores y especialmente por las trabajadoras , otro logro es el de poder acercar a todos los estratos sociales de la población prendas de uso diario a bajos precios, lo que supuso no pocos cambios sociales años más tarde.

 C&A siempre ha defendido que “la tradición necesita renovarse constantemente” y eso ha hecho que su empresa sobreviva, al seguir innovando a lo largo de varios siglos y adaptándose a las necesidades de cada época. De la venta a domicilio, del puerta a puerta,  pasaron a abrir establecimientos de venta al público de gran tamaño, con productos de calidad a precios asequibles y por tanto populares.

Y esto me hace reflexionar acerca de la importancia de no sólo reciclar ropa y customizarla (motivo del post de hoy), sino de reciclar y customizar ideas, de ser consciente de la necesidad imperante de la innovación constante y no del estancamiento mental y empresarial. Las circunstancias sociales son cambiantes y por tanto la mentalidad debe flexibilizarse para su mejor adaptación al medio, convirtiéndose sólo los más flexibles y abiertos de mente, con gran percepción de las sutilezas de esos cambios, teniendo una actitud de escucha activa acerca de las carencias y las necesidades del entorno, en alumnos aventajados de cara al futuro.

Es por eso que agradezco la oportunidad de haber participado en este proyecto creativo en el que de la mano de Mariola (Upcyclick) y junto a mi compañera maker Alba, en el que he aprendido que a pesar de que siempre he sido partidaria del reciclaje completo de una prenda frente a la confección de una nueva, se puede sembrar igualmente una buena conciencia transformando prendas nuevas. Durante tres días hemos podido transmitir la importancia de crear un vínculo especial con una prenda hecha en serie, para conferirle ese “algo” que la hace única a través de esa intervención creativa que nace del customizaje y que así el ciclo de la moda fast fashion, se frene ligeramente  y se reutilicen una y otra vez esas prendas que nacieron para su uso corto y alargarles la vida, en lugar de que acaben amontonadas en un basurero.

II MARATÓN RECICLAJE TEXTIL CREATIVO  MADRID 2017  Fashion Revolution (foto 20 minutos)